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Ponencia - Grupos de autoayuda: Una cultura de espacios sociales

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Ponencia - Grupos de Autoayuda: Una cultura de espacios sociales de sostén para el trabajo grupal y la ayuda mutua

II Foro Nicolaita de Psicología: La psicología, sus saberes y prácticas. 20 de octubre de 2003
Mtro. Rolando Montaño Fraire
Universidad Autónoma Metropolitana – Unidad Xochimilco 

Introducción

Los grupos de autoayuda son multitud. Se cuentan por miles. En algunas sociedades y países el número de sus participantes se puede medir como un porcentaje de la población. La mayoría de sus integrantes dice que acude a su “terapia”. Suelen ser descritos como “terapéuticos”. Los participantes dicen que en ellos hablan y trabajan sobre un tema con los que denominan sus compañeros. Les reúne una situación de vida y problemática subjetiva asociada o definida por problemas familiares, personales, emocionales o afectivos. Se les dice grupos de autoayuda y quienes estudiamos el tema también los denominamos de ayuda mutua.

Para reconocer la enorme diversidad de grupos de autoayuda existentes es innecesario un gran estudio. Apenas comienza uno a indagar en el tema, encuentra que más allá de los grupos abocados a temas de adicción, existen muchos otros en los que se trabaja sobre asuntos tales como vivir con una enfermedad (reumatismo; litiasis); ser familiar de personas con una situación de vida específica (Parkinson, adultos mayores). Pronto se pueden identificar grupos que trabajan con base en problemáticas, situaciones de vida o concepciones sobre los conflictos subjetivos que pueden muy bien albergar a casi cualquier persona. Es el caso de los que hablan de nociones tales como codependencia; relaciones destructivas; neurosis y otros. Otros grupos se configuran alrededor de sucesos traumáticos, tales como el duelo; divorcio o discriminación.

Los discursos propios de algunos grupos, modelos o asociaciones de grupos en ocasiones parecen ofrecer respuesta o solución a los problemas y conflictos subjetivos de origen mas diverso. En el discurso de los que se basan en el modelo mas difundido, originado en Alcohólicos Anónimos y conocido como de “12 pasos”, se incluye una propuesta que pretende que su forma de trabajo y modelo sea la base y origen de todo grupo de autoayuda existente. Basta con escuchar a integrantes de grupo y poner atención a la información que recibimos sobre ellos para reconocer que hay una gran diversidad de modalidades de grupo de autoayuda, incluso entre los que supuestamente operan con base en un mismo modelo. Las diferencias pueden ser enormes. Sus orígenes también.

Conforme analizamos su carácter fundamental, podemos reconocer que antes que ser el producto de un proceso histórico único, son procesos sociales muy humanos y se constituyen con facilidad, por coincidir con múltiples elementos de lo característico a la socialidad y sociabilidad que nos es intrínseca. Sin dificultad las personas responden que la familia y otros muchos grupos pueden ser considerados de autoayuda o ayuda mutua. Pero siendo más precisos, con lo que adelante revisaremos será posible discernir con mayor claridad. Veremos que los grupos de autoayuda son muchos, tienen distinto origen y una larga historia. Pero, con todo ¡seguimos teniendo la capacidad de reconocerlos! Podemos identificarlos, agruparlos y asociarlos entre sí, porque tienen mucho en común.

Autoayuda y ayuda mutua

Consideremos para comenzar los términos autoayuda y ayuda mutua. Hablamos de grupos de autoayuda, pero también de ayuda mutua. Los nombres frecuentemente dicen mucho y esta no es la excepción.

Una persona acude a un grupo de autoayuda voluntariamente y similarmente deja de asistir. Busca resolver o abordar una situación que personalmente siente o vive como problemática o conflictiva. Los asuntos que busca abordar pueden haberse hecho una dificultad que le tiene desde triste hasta al borde de la muerte. Acude buscando formas de afrontar lo que necesita cambiar o resolver, con respecto de una situación subjetiva, familiar y social. Al buscar y acudir deseando ayudarse, se está haciendo responsable, para empezar simplemente de esa decisión, nada desdeñable.

Generalmente queda claro para quien busca esa denominada autoayuda y ese grupo que acude al encuentro de otros, antes que a una asistencia técnica o profesional. Siendo siempre un encuentro con otros, es por eso que los profesionales hablamos de grupos de ayuda mutua.

En esa primera búsqueda podemos fácilmente reconocer un intento de encontrarse con quienes tal vez vivan algo similar. Es el deseo de saber si otros pueden también estar sufriendo lo mismo, o al menos algo similar. Es una pesquisa iniciada en una gran soledad y aislamiento, pero con la promesa de que tal vez existan otros que vivan lo mismo y entonces se pueda dejar de estar solo. A partir del sufrimiento y desconsuelo que el sentimiento de aislamiento conlleva, se da una búsqueda y deseo de ayudarse. Este es un acto de responsabilidad. En adelante veremos lo importante y esencial que es para esta forma de relación social, grupalidad y trabajo colaborativo el tema de la responsabilidad. Pero, hacerse cargo no es tan fácil. Al menos no estando solos. Es aquí que la noción de una ayuda mutua puede comenzar a introducirnos también en el tema.

Quien llega a un grupo se encuentra con otros que comparten una concepción y discurso, así como una forma de trabajar juntos sobre una tarea personal y proyecto compartido. Se dice en algunos grupos que el nuevo participante “cae en blandito” al apoyo y los brazos de otros, que se pueden y saben reconocer en el nuevo participante. Empáticamente comprenden su dificultad y situación, su búsqueda y anhelo, desde un punto de vista profundamente humano y personal. Es así que reaccionan ante cada persona que acude con una bienvenida y acogida, misma que puede en casos estar enteramente ritualizada, pero que es en esencia la expresión personal de un sentimiento de comunidad.

Ayuda mutua es una idea que nos habla de colaboración. Nos invita a pensar en el apoyo personal que puede representar el estar con otros y ser animados para avanzar. Habla también de una igualdad u horizontalidad que trae a la mente el hacer las cosas nosotros mismos. Es la idea y promesa tal vez irrealizable de unirse a otros sin jerarquías, para afrontar un problema o resolver una tarea.

Es distinto arreglar un desperfecto con el apoyo de otros que solo. Y esto es enteramente distinto a encargarle el trabajo a un profesional, incluso si se hace en colaboración con el mismo. Se trata de una noción y propuesta emparentada con la idea del “hágalo usted mismo”. Puede en muchos sentidos ser mejor hacer las cosas con base en un saber especializado, experiencia profesional y herramientas técnicas. Pero eso es otra cosa. Al hacer las cosas uno mismo, más allá del gusto de haberlo logrado por cuenta propia, el efecto es que la situación misma cambia radicalmente. Además de haber resuelto o avanzado en un problema, el resultado es un aprendizaje que va mas allá de lo que hubo que hacer y saber para abordar el asunto específico. Implica un cambio en la disposición personal y un proceso de autonomía con el que la acción necesaria para hacerle frente a una situación o problema nos lleva hacia otra forma de subjetividad.

La información especializada puede tal vez contribuir mucho para resolver un problema. Pero haciéndolo uno mismo, especialmente con el apoyo de otros en similares circunstancias, el resultado final de la acción, más allá de solamente permitir hacerle frente al problema, es entrar en una filosofía, distinta y contraria a la de la especialización, tecnificación y adquisición en el mercado de una respuesta o solución técnica y profesional. Es algo emparentado con la filosofía anarquista. Es una propuesta de autogestión y autonomía. Desde el gran pequeño primer paso de acudir a un grupo y aceptar trabajar con otros en igualdad de circunstancias, es un tránsito hacia el autogobierno del sujeto.

 

Como parte de la presencia social de estos grupos, suele haber una serie de supuestos implícitos que se van generando. Se puede suponer que en ellos y con ellos se logran enfrentar algunas cosas. Tal vez algo se piensa que ofrecen. Pero también algo se teme de ellos; algo se duda. Los integrantes los conciben y definen como “terapéuticos”. ¿Será que se les teme a los grupos como a la terapia? Tal vez se trata de resistencias. También se identifican como “sectas” o personas con algún tipo de fanatismo. Al inicio no había nada en claro. Incluso se buscó evitar la lectura de textos especializados en el tema, para lograr una primera aproximación al campo, sin una visión o juicio previo. Había muchas cosas por ver y era importante intentar un primer reconocimiento, en la medida de lo posible a través de cristales sin tintes.

¿Cómo reconocer que estos grupos son tan similares? Tal vez simplemente porque a todos se les denomina grupos de autoayuda o ayuda mutua. Tal vez algo hubiera en la aparente capacidad generalizada y popular de saber reconocer y discernirlos. Pero mas allá de esto, lo importante es atreverse a dudar de los discursos particulares. Especialmente puede ser importante dudar o matizar las argumentaciones propias del discurso de cada grupo, en cuanto a los supuestos motivos de su posible eficacia y también las propuestas de lo que los constituye en cuanto a sus mecánicas y formas de operar. Los conceptos paraguas o totalizadores, tales como neurósis, codependencia, relaciones destructivas, adicción, autoestima y otros, también pueden obturar el reconocimiento y comprensión de lo esencial, aunque en esos casos veremos que son operativos y se hacen constitutivos de estos espacios.

Se puede anticipar, que funcionan similarmente porque tanto su concepción como en buena medida la mecánica de las juntas son iguales. Pueden ser muy ciertas las diferencias presentadas con cada modelo, grupo y discurso, pero hay elementos comunes. Existe una concepción y lógica propias de una misma propuesta y utopía. Se establece una similar forma de operar, relacionarse e interactuar. Se configura un dispositivo grupal y social. Un mismo proceso social e interacción permiten trabajar con base en una lógica y tipo de grupalidad y socialidad, para abordar problemáticas e incluso incidir en alguna medida en el conflicto subjetivo subyacente.

Al parecer algo se mueve, algo pasa en al menos algunos de los participantes. Pero si es que se llega a trabajar en los grupos al menos parte del conflicto subjetivo de cada uno, ¿cómo es esto?; ¿en qué forma? y ¿qué se entiende por conflicto subjetivo? En este trabajo se habla de los no lugares en los que quedan atrapados los sujetos. Se habla de una sociedad que produce a sujetos constituidos en una clausura e imposibilidad de proyecto de vida e inclusive, tal vez hasta de subjetividad. Un sistema social y económico que genera sujetos entrampados en profundos sin sentidos, quienes con dificultad siguen siendo sociales y sociables o ¿podríamos decir llanamente humanos?

En el grupo de autoayuda se suele valorar la experiencia. Se busca poder y saber habitar la sociedad en que se vive. Se establecen en ellos vínculos con otros y una forma de participación social. En este tipo de situación, tal vez cualquier forma de participación social que se haga posible para los sujetos puede ofrecer la posibilidad de romper en alguna medida aquellos entrampamientos. Los grupos ofrecen la posibilidad de integrarse a un medio social tolerante y estructurado, para ejercitarse en la participación social. Esto puede llegar a ser algo muy significativo.

¿Los grupos de autoayuda serán realmente un lugar así? Un medio social para reintegrarse al lenguaje y el sentido. Un lugar para tener y ocupar un sitio “por el simple hecho de existir”.

La posibilidad de ser nuevamente un sujeto que tiene “su” lugar en un medio social al que siente o “sabe” que pertenece es algo que puede tener un efecto muy significativo en las personas. Es valioso en lo personal y emocional. Es un elemento de identidad y se hace parte de un proceso con el que vuelve a generarse un sentimiento de valor y la capacidad de responsabilidad subjetiva. Y si escuchar permite aprender y aprendizaje significa poder dialogar, un espacio para la escucha se ofrece como el medio para la construcción de autonomía y subjetividad. En una cultura grupal de responsabilidad sobre los propios actos –desde acudir voluntariamente y participar para lograr un avance o beneficio propio o autoayuda, hasta sostener el espacio y apoyar a otros– tal vez se inaugura la posibilidad de generar algo en cada sujeto.

¿Qué es eso que se puede llegar a generar? ¿De qué se trata la ayuda mutua? ¿Porqué se hace en grupo? ¿En qué consisten estos grupos? ¿Cómo se constituyen? ¿Qué resultados pueden llegar a ofrecer? Dentro de la diversidad de grupos ¿qué es lo que sostiene un mismo tipo de espacio social que podemos denominar de autoayuda? ¿Serán acaso verdad todas esas cosas que dice el saber popular de estos grupos? Y ¿porqué se convierten en espacios tan importantes para sus integrantes? ¿Qué hace que las personas sigan participando? ¿Serán sectas, religiones o algo similar, donde sea la manipulación y la enajenación lo que impera?

Independientemente de la diversidad, hay conceptos comunes, así como una misma estructura y proceso. Aunque hay características y mecanismos muy difundidos que también son importantes, se buscará mostrar que son la expresión de una misma concepción. Una forma de lo social y cultura que configura un tipo particular de grupalidad y colaboración.

Estrategia del trabajo de campo

Promover un modelo como estrategia para explorar el tema pudiera considerarse algo contrario a la noción de autonomía. Pero esta propuesta es válida por varios motivos. Se configura de manera similar a la forma en que lo hacen grupos existentes, que tienen una larga historia y plena autonomía.

Las cosas nunca se dan en el vacío. La autonomía es una utopía que también se basa en un discurso. Se construye y materializa social y subjetivamente, como efecto de acciones y conceptos, lográndose en distintos grados y formas en cada caso y lugar. Los conceptos que la sustentan pueden también difundirse y promoverse. Por esos medios, al igual por ejemplo que la democracia, la autonomía se puede también sembrar e impulsar.

Podemos poner un ejemplo de la forma en que con acciones concretas, incluso técnicas y al menos en parte derivadas de resultados de procesos de investigación en ciencias sociales, se han implementado acciones con un efecto real para el fomento de una utopía.

Hablemos para ejemplificar de la democracia y de la tal vez inexistente o muy incipiente “cultura democrática” en México. En la última década, 1993-2003, las acciones y mecanismos implementados por el Instituto Federal Electoral han tenido un gran impacto en la sociedad mexicana. Puede argumentarse que las acciones del IFE han tenido un efecto democratizador. Aunque sean el desenlace de largos procesos históricos y de lucha social, los mecanismos concretos que se han implementado, desde perspectivas técnicas e incluso mediante asesoría especializada, han brindado al menos algunos frutos. Para poner solamente un ejemplo, la publicación de los resultados del conteo de votos en cada casilla al cierre de la misma son un mecanismo sencillo e impactante. Es similar en el caso del padrón electoral y la credencial de elector. El efecto social y cultural de estas y otras muchas acciones, leyes y estrategias influye en un proceso social que sin duda tiene muchas vertientes y tributarios. Los mecanismos son la materialización de conceptos y propuestas que promueven la democracia.

Para este género de acción en comunidad, cuando se ofrecen ideas y propuestas abiertas, se facilitan también las acciones que permiten abrir la reflexión y el proceso social hacia una concepción que pueda disparar transformaciones. En el caso que aquí se discute, las ideas y artificios integrados a un modelo para el trabajo  grupal son un esqueleto. Puede desaparecer el armazón original, pero en su lugar algo quedará de la concepción y la propuesta, que ayude a construir lo que era en realidad necesario. Los conceptos y mecanismos se asimilan y transforman.

 

Con el modelo y propuesta desarrollados para promover la formación de nuevos grupos de autoayuda, se ofrecieron elementos para que las personas interesadas construyeran una cultura grupal encaminada al trabajo de ayuda mutua:

 

·       Ofrece metáforas y formas de pensar la ayuda mutua y lo que es un grupo de autoayuda;

·       enfatiza la responsabilidad;

·       propone una utopía (ayuda mutua) y concepción para el espacio social y forma de relación en su interior (grupo de autoayuda);

·       integra elementos para apoyar el establecimiento de una interacción interpretante.

 

Como en otros modelos y grupos, la propuesta que se desarrolló para la promoción de procesos sociales encaminados al establecimiento de grupos de autoayuda en comunidad:

 

·       Es un esquema abierto que reúne una serie de ideas y estrategias para el trabajo en un grupo;

·       antes que una técnica, es un cuerpo de conceptos a ser pensados y mecanismos que pueden ser retomados o bien descartados;

·       integra propuestas precisas para iniciar la reflexión y buscar un acuerdo sobre la concepción del espacio, como recurso para establecerlo y sostenerlo;

·       ofrece dinámicas para disparar el diálogo y la reflexión con respecto de asuntos relativos a la organización necesaria para el trabajo grupal;

·       se compone de propuestas generales;

·       no es un esquema protocolizado o sistematizado para seguirse estrictamente;

·       ofrece una serie de conceptos y formas de operar presentados como recomendaciones;

·       indica explícitamente que no es para respetarse o normar de manera estricta, auque distintos mecanismo propuestos son descritos detalladamente;

·       ofrece mecanismos que pueden ser aprovechados flexiblemente, si es que a un grupo le funcionan y le son útiles.

Conclusiones

La decisión de buscar un grupo de autoayuda es antes que otra cosa un intento de encontrar solución y alivio para el sufrimiento que ha ocasionado una situación de transición, pérdida, enfermedad o conflicto subjetivo y del ámbito micro social significativo. El deseo de encontrarse con otros y buscar su apoyo inicia con la idea de que posiblemente existan quienes vivan el mismo o un similar problema. Esta noción primera de comunidad y colaboración integra de manera incipiente la idea de ayuda mutua, como una posibilidad de colaboración y utopía. Se busca una forma de relación social que termina por instalar un proceso recíproco profundamente humano, basado en el intercambio. Dar y recibir se hacen el esquema estructurante y explícito del espacio social.

Con la participación se reconoce que es ventajoso abordar el tipo de problemática de que se trata estando con otros. El conflicto subjetivo es algo que sin duda requiere de otros para poder ser trabajado y el ingreso a un grupo es un acto que integra esa verdad a la acción. Se establece así inicialmente una concepción y luego se entra en un sistema para la interacción. Se participa en un esquema de trabajo y cultura que configuran una forma de socialidad y grupalidad que hace posible aceptar algo como ayuda que no necesariamente es formulado como tal por los otros. En lo fundamental, los  demás no están buscando ayudar, sino ayudarse. La noción inicial es que el apoyo puede ser entre pares.

Luego de reconocerse como iguales y gracias a ello, se acuerda entonces desnudarse de defensas. Se hace un pacto para dejar de lado la propia posición social y tanto el prestigio como el desprestigio que pudiera implicar. Se abandona temporalmente también el propio saber formal, que pueda ofrecer un distinto nivel de estudios. Similarmente la autoridad; la capacidad económica; el “nivel” cultural; etcétera. Explícita o implícitamente todos en el grupo acuerdan reconocerse como humanos y esencialmente iguales y con esto dejar máscaras y defensas a un lado. Conforme se escucha a los demás se logran ir venciendo las propias defensas, porque se reconoce a otros en su propio proceso de participación y esfuerzos por vencer sus resistencias y estereotipias. Es entonces que se acepta participar como los otros.

Al reconocerse en otros, se decide afrontar la propia persona con base en el esquema conceptual, principios y lineamientos para el trabajo que son propios del particular grupo al que se acude. Un pacto de secreto interno y develación mutua hace posible el reconocimiento recíproco y con esto se establece el efecto interpretante de la interacción. Aunque todo esto no siempre sea reconocido explícitamente, se propicia la posibilidad de hacerse responsable del propio conflicto subjetivo y se ofrece un medio y un método para abordarlo.

Con el grupo se establece una posibilidad. Inicialmente la persona que acude no está en posibilidades de escuchar. Se encuentra cerrada. Pero se sienta... ¡a escuchar! Escucha largamente, tal vez incluso en docenas de reuniones. Regresa al grupo porque se reconoce en otros, aunque esto sea difícil. Comienza a operar un efecto desarticulador del conflicto y entrampamiento que se sufre por el simple hecho de que lo narrado por parte de otros permite reconocer que no se está solo en la dificultad subjetiva. También con la escucha logra aprender de otros, aún cuando no se llegue todavía a un efecto interpretante. La persona gradualmente se inserta en el lenguaje y universo simbólico del medio social y puede hacerlo por la forma en que el discurso está configurado.

Lo dicho en el grupo tiene un particular carácter y estructura. Se evita la agresión y es fácil escuchar porque se habla sin confrontar, cuestionar o ejercer una acción, fuerza o violencia simbólica sobre quien escucha. Antes que generalizar, se habla de lo vivido por cada uno. En esencia lo narrado se formula y dirige para el que habla. Es una puesta en escena de la propia experiencia. Narra la propia vivencia y pone en escenario el conflicto de quien se expresa. Permite al que escucha reconocerse en otro y con ello establece un proceso interpretante de la interacción. Pero se hace interpretante sin buscar serlo, porque no se plantea para ser interpretante del otro. Tiene una potencia interpretativa incluso mayor, precisamente por la forma en que se formula y por el hecho de que ese no es su objetivo.

La interacción interpretante se presenta en una situación estructurada de tal forma que dispara vínculos e identificaciones. Hablar en primera persona lleva a la responsabilidad. Antes que ser simplemente forma, establece y sostiene procesos de subjetivación, porque propicia el movimiento subjetivo. Apoya a cada sujeto social en un proceso reflexivo que se lleva a cabo junto con el efecto interpretante de la escucha de otros, que interactúan en igualdad de circunstancias, bajo el mismo esquema y concepción.

Para hablar en primera persona es necesario evitar generalizaciones; evitar también hablar desde el saber; utilizar el prestigio de autores o discursos establecidos; dar juicios de valor o dar consejos. Se establece así un mecanismo y forma de relación intersubjetiva que permite un tipo específico de trabajo. ¿Qué pasa al hablar de esa manera? Se hace posible acostumbrarse a escuchar y reconocer el sentido y valor interpretante para la propia persona de las vivencias y lo narrado por otros. Se hace una forma poco amenazadora de interactuar, misma que disminuye el riesgo para la propia identidad, pero al mismo tiempo confronta a cada uno consigo mismo, por el efecto interpretativo, que se hace útil al establecerse un proceso de análisis de la propia subjetividad. El carácter del espacio es un apoyo, cuando se está frágil o desbaratado por dentro, pero al mismo tiempo desencadena fuertes procesos de reflexión.

Ayudar a otros es solamente efecto colateral de un proceso en el que la palabra es puesta en escena, como el centro de la actividad social y grupal. Se le da una importancia y predominio que la hace eje de la actividad. Al ser planteado en primera persona, sin ser el objetivo obtener un prestigio o colocación social, sino con la premisa de que entre mayor sea la honestidad y franqueza con que se exponen las propias vivencias y experiencia, el avance personal será también mayor, la forma de la narración obliga a escucharse a si mismo. Antes que hablar para otros, se termina por hablar para si mismo. Y cuando se logra, esto tiene un importante efecto en apoyo de otros.

Hablar en este esquema implica entrar en una dinámica de escucha. Inicialmente la normatividad, explícita o implícitamente establecida, con respecto a la forma de hablar, es un asunto subjetivamente difícil de establecer. A cada nuevo participante se le introduce a esta forma de expresarse y compromiso, gradual pero insistentemente, incluso cuando no es reconocido esto como el requisito que en realidad es. Pero aún cuando los participantes todavía no lo comprenden como elemento esencial, siempre que se puede reconocer su existencia, se estará en posibilidad de identificar al grupo como uno de autoayuda.

Esta forma de hablar cuesta mucho trabajo, porque hablar en abstracto es el esquema aceptado socialmente. Proyectar en otros todo problema y error así como proteger la propia imagen son imperativos generales. El acto de responsabilidad que implica esa otra forma de expresarse permite establecer una forma de relación particular, distinta a lo preponderante en las competitivas y violentas sociedades actuales, marcadas por el mercado. Es un mecanismo casi enteramente ausente en nuestras sociedades.

Con este mecanismo se establece primero un momento de interpretación. Se escuchan cosas y tal vez alguien en el grupo comienza a llorar, sin ser siquiera el que está hablando, sino simplemente escuchando. ¿Qué se ha hecho presente en el que escucha? ¿Porqué llora? ¿Qué se moviliza? Tal vez alguien se sale y azota la puerta enojada, sin que nadie se haya dirigido directamente a ella. Se dice en los grupos que se ha visto reflejada. Los otros son un espejo y se hacen presentes los procesos de identificación. Podemos decir que la persona ha sido intervenida o interpelada, aunque de manera enteramente indirecta, sin que fuera intencional. ¿Qué cosa es esto sino una interpretación en el sentido psicoanalítico del término?

La interacción interpretante y los procesos resistenciales que dispara pueden llevar a una ausencia en subsecuentes reuniones del grupo, mas o menos prolongada y luego a un segundo momento de reflexión, considerando la advertencia que genera el efecto interpretante para llegar a lo que realmente pudiera decirse introspección. En el proceso se hace posible la propia capacidad de examen y ponderación, que pueden llevar a un aprendizaje subjetivo, además de los otros y menos difíciles que implican solamente asimilar información, menos afectivamente cargada. Al reconocerse en otros y trabajar en este sistema lo propio, se construyen opciones de subjetividad. Se sigue afinando la escucha de lo que se narra ante el grupo y se establece un uso sistemático del grupo y de la estructura para el trabajo subjetivo. La función interpretante de la interacción es esencial, pero es solamente parte de lo que hace posible el análisis de la propia subjetividad.

El vínculo hacia el grupo mismo puede ser visto también como una transferencia, que hace posible el trabajo de lo afectivo. Cuando las defensas por la acción interpretante de lo escuchado se levantan, los participantes faltan al grupo. Pero cuando esas defensas y resistencias se bajan, el efecto interpretante sigue en pié. Los integrantes pueden y desean regresar, gracias a la constancia en el formato, día y horario, pero también al vínculo con un espacio familiar, cercano, íntimo y muy propio. Se hace posible ir aprendiendo a usar el grupo, pero también se valora la importancia de seguirlo sosteniendo, para tenerlo como espacio personal, por el clima amable y confortante que se puede establecer, gracias a su concepción y estructura.

Solamente algunos están en el grupo en alguna reunión y cada quien decide los ritmos que desea imprimirle al propio proceso personal. Pero es justamente esta asistencia irregular pero constante y de largo plazo lo que permite el progreso continuo en cada uno. El cúmulo de participantes y el agregado de la participación, junto con el compromiso para beneficio propio de sostener el espacio, son lo que establece la posibilidad de autogestión. Y es en los conceptos que se encuentra el énfasis en la autonomía como valor, que se operativiza en el grupo y se hace fuente para el aprendizaje del mismo en los sujetos.

En este proceso el secreto interno –la confidencialidad del “anonimato”– antes que anomia es elemento para la reconstrucción mas intencional de una propia identidad y nombre. Implica establecer juntos una situación en la que se pueda bajar la guardia y hablar. Se ofrecen así elementos operativos, para formular y transformar la imagen de la propia persona, sin la carga del nombre y lugar asignados originaria y estratégicamente por otros a la persona que acude al grupo y se integra. Permite romper con estereotipias, que se vinculan a estrategias y defensas que se usan en reiterados intentos por proteger el propio lugar social e identidad ante otros. Al romper con lo establecido para la cultura general, por ejemplo en lo que se puede y como se debe expresar, podemos decir que se establece una contracultura, que ofrece la posibilidad de ir definiéndose en un medio distinto, para la subjetivación. Permite irle dando una nueva forma y lugar a la propia subjetividad.

El sostenimiento en común del espacio –mediante la rotación de roles; la ausencia de interés económico y frecuentemente incluso de proyecto conjunto hacia el exterior y con mecanismos democráticos– incide en los procesos de configuración subjetiva. Pero es solamente junto con el hablar de la propia experiencia que se puede reconocerse en otros y abandonar la postura narcisista. Hablar así es un acto y movimiento interno, que implica vivir la interacción interpretante. Y es entonces que el proceso en el grupo permite romper la clausura y cierre de la persona entrampada en el conflicto. Quiebra lo refractario.

La participación implica una presencia en un grupo que va variando. La gente transita por un espacio social en el que hay una otra forma de hacerse sujeto social. Es la sumatoria y sinergia del trabajo conjunto. Un nosotros en el que la colaboración implica un trabajo y producción que permite inventarse y llegar a ser en el estar, reconocerse y trabajar juntos.

Es así posible un proceso social con efectos terapéuticos que inciden profundamente en el proceso subjetivo de sujetos que se encuentran entrampados en un doloroso conflicto que los tiene atrapados, cuando se hace posible integrarse al lenguaje e intercambio, en un medio social específicamente armado para ello. El conflicto subjetivo tiene en estos grupos un espacio para trabajarse socialmente.

El grupo de autoayuda es un espacio social que lleva a la responsabilidad, como se puede reconocer en el trabajo de muy diversos grupos y los textos propios de distintos modelos. Es un proceso ético y de autonomía grupal y subjetiva. Se fomenta en ellos abrirse al mundo social y se propicia el vínculo con otros. En estos grupos se propicia ejercer la propia autonomía y generar una ruptura, que ayuda a quebrar la cerrazón defensiva. Se apoya así una nueva construcción de la propia identidad. Cada uno puede definir quien es, desde que es alguien, al menos en su grupo de autoayuda y ayuda mutua. El grupo se hace un gimnasio tolerante para ejercitar la inserción social.

Para el establecimiento de este tipo de espacio, la concepción es lo fundamental. Los mecanismos son un complemento que operativiza los conceptos y la utopía que se propone y promueve. Cuando la concepción es similar, el efecto es también similar. No es solamente que esté normado cómo se habla. Es un asunto de responsabilidad, conceptos y principios. Es una filosofía de trabajo colaborativo, que define una forma específica de autogestión y autonomía grupal. Es una situación de acuerdo con otros, que hace posible la narración abierta. Es un pacto social, que permite ponerse en contacto con otros. Se establece una forma de vínculo y relación con una modalidad específica de interacción.

Esta forma de colaboración hace de la experiencia singular elemento a ser objetivado. Establece la posibilidad de retomar de las narraciones de otros estrategias y formas de subjetividad y hacerlas propias.

Al sumar necesidades y esfuerzos, esta propuesta hace posible un trabajo conjunto. La utopía que representa el concepto de ayuda mutua y el grupo mismo permiten inscribirse en proyectos, con los que se desenvuelven procesos de cambio subjetivo, configurados alrededor de problemáticas que se considera en cada caso han originado un profundo malestar subjetivo. Esto es así incluso cuando la forma de definir o concebir la problemática sea simbólica y construida.

Se establece una cultura de responsabilidad y escucha que permite la colaboración y el trabajo grupal, para un apoyo mutuo en beneficio propio. Reconocerse cada uno como esencialmente similar y humano permite ofrecerse recíprocamente un espacio de reflexión, útil y necesario para la acción. Al hacerse cargo de una “autoconstrucción” subjetiva con el apoyo de otros, se puede abandonar la postura depresiva y el aislamiento, para entrar en una participación social.

En estos grupos el aprendizaje se hace un valor y proceso continuo, en un esquema de apoyo que permite evitar en alguna medida la enajenación de la propia persona. El grupo se basa en la autogestión para encaminarse a una autonomía grupal, que apoya y propicia la autonomía personal. Esto se apuntala con el autofinanciamiento, que permite la exclusión de la incidencia política de otros proyectos y la apropiación del espacio, por parte de intereses ajenos. Las características que implican la necesidad de un proyecto grupal disparan y propician su continua definición y ratificación, lo cual ayuda a evitar su enajenación.

Si estos grupos tienen y han tenido un lugar, es porque corresponden a necesidades y dificultades existentes en los sujetos y la sociedad. Puede decirse que son una contracultura o cultura alterna y complementaria, que integra características muy distintas a las de la sociedad abierta. En cada caso tienen características apropiadas para el sostén social de personas en situaciones subjetivas que han tenido como efecto una gran fragilidad subjetiva, como efecto de situaciones sociales agresivas. El medio social que configuran implica una cultura propia y menos amenazadora, más tolerante y abierta, poco competitiva y violenta. Se permite así llegar a romper con los esquemas estereotipados que ocasionan un importante conflicto subjetivo en cada uno de los participantes.

El efecto de la inserción social y asimilación de la otra cultura propia de los grupos de autoayuda ofrece la posibilidad de moverse subjetivamente de lugar. El grupo se hace escenario para la descripción, representación y análisis de formas de ser sujeto. Ofrece mecanismos asimilables, que son útiles para afrontar las relaciones y conflictos inter e intra subjetivos que se abordan. Se llega a retomar y hacer parte de cada integrante una mecánica y una filosofía para abordar el género de situaciones que frecuentemente ocasionan sufrimiento emocional.

El trabajo en el grupo implica y gradualmente educa en una ética y metodología de la que cada uno retoma elementos. Se hace un espacio que propicia la configuración de subjetividades que escuchan, aprenden y saben usar al grupo y el proceso social y subjetivo que en él se hace posible. Con ello cada participante termina por reconocerse como un ser tan humano como los otros con quienes interactúa. Se permite ser interpretado por las vivencias de otros y termina por usar este proceso para moverse de lugar. Quienes pueden y logran aprovechar el sistema, avanzan en su capacidad de hacerle frente al tipo de situación que los llevó al grupo inicialmente, con base en acciones que se basan en la responsabilidad y la autonomía personal.